|
|
¿Cómo explica el
crecimiento formidable de la Red en los últimos diez años?
Al comienzo, la
Red se extendió gracias a la infraestructura de
Internet ya existente, instalada en los años setenta.
Cuando tuve la idea de la Red, a fines de los ochenta,
las computadoras de numerosas universidades e institutos
de investigación ya estaban conectadas entre sí para
intercambiar información. Por consiguiente, hay que
rendir homenaje a los pioneros que crearon ese entramado
antes de que surgiera la Red.
La Red se expandió con suma rapidez porque estaba
descentralizada y nadie controlaba su crecimiento.
Cualquier persona podía crear un servidor o un
explorador sin necesidad de pedir el menor permiso a una
autoridad central. En todo el planeta hubo entusiastas
que entendieron que la Red iba cambiar la vida y se
dedicaron a desarrollarla.
El hecho de que la Red sea un espacio abierto constituye
un poderoso atractivo. Cualquiera puede leer lo que hay
en ella y aportar a su vez una contribución. En cierto
modo, todo el mundo parte en pie de igualdad. Esta
impresión de que ofrece oportunidades ilimitadas ha
sido un elemento decisivo de su éxito.
¿Puede beneficiar la Red a los que se hallan al margen
de la innovación tecnológica?
No cabe duda de que las desigualdades actuales son
negativas para todo el mundo. Pero la innovación por sí
sola no puede resolver los problemas globales. Son los
individuos los que han de decidir por sí mismos y hacer
grandes esfuerzos en todos los planos para encontrar
soluciones. En el pasado contamos con numerosos
instrumentos. Internet es uno más que puede ayudar a
recoger esos desafíos.
La idea de la Red es crear un espacio de información en
el que la gente puede comunicarse de manera muy precisa:
compartiendo sus conocimientos. La Red es más una
innovación social que técnica. No ha introducido ningún
cambio fundamental en la manera de pensar, de leer y de
comunicarse de los seres humanos, pero ha aumentado
considerablemente sus posibilidades por el mero hecho de
entregarles información. La Red permite una enormidad
de cosas, desde la simple lectura de un periódico en un
pueblo aislado hasta una mayor colaboración entre
individuos de países diferentes.
Pero pese a esta amplia gama de posibilidades, aún no
sabemos cómo sacarle el máximo de partido. Espero que
la multiplicidad de opciones que ofrece a cada uno
contribuya a reformar la sociedad.
En su obra Weaving the Web, alude usted al
peligro de que la Red llegue a ser controlada por un
grupo pequeño de empresas, o que se coarte su
desarrollo por razones comerciales. ¿Cuáles serían
las consecuencias de una situación de esta índole?
El peligro surge cuando grandes empresas que venden
computadoras y programas empiezan a controlar la
información que uno recibe por Internet. Al distribuir
computadoras o exploradores gratuitos, algunas empresas
pueden impedir a los usuarios el acceso a los programas
de sus competidores. Es posible incluso que los
proveedores de acceso a Internet lleguen a acuerdos
comerciales con ciertos sitios o páginas para que sean
más accesibles que otros. Ya está empezando a ocurrir.
Por un lado, a los usuarios les parece justo que una
empresa influya en su acceso a Internet si les procura
computadoras y programas gratuitos, pero, por otro, es
muy importante garantizar el derecho de cada cual a
acceder libremente a la información. Ninguno de esos
aspectos debe prevalecer sobre el otro.
Ignoro hasta qué punto las personas se dan cuenta de
que ciertos intereses comerciales influyen en sus
posibilidades de acceso a los diversos sitios de la Red.
Y es muy difícil encontrar un equilibrio entre el
derecho de las empresas a brindar servicios gratuitos o
muy baratos y el respeto de la libertad de acceso de los
individuos. Encontraremos una solución de compromiso
aceptable socialmente.
Hay otro peligro: cuando una empresa se encuentra en
situación de monopolio, empieza a modificar
arbitrariamente las normas informáticas universalmente
aceptadas y obliga a los competidores a someterse a
ellas en vez de producir ideas innovadoras para mejorar
el producto. Esto puede afectar al desarrollo de la Red.
La Red ha permitido una circulación mucho mayor de la
información que algunos países procuran regular y
controlar. ¿Qué opina al respecto?
Sé que, efectivamente, ciertos países estudian la
posibilidad o tratan de controlar el acceso a la Red de
los particulares pero eso es muy difícil ya que,
gracias a Internet, la información circula de múltiples
maneras. Cada cual no es más que un punto microscópico
en este vasto sistema. Además, el control de la
información es nocivo para las relaciones entre el
gobierno y su población, y, a la larga, para la
estabilidad del país.
También se han formulado llamamientos para que se
instaure una censura en la Red. Pero en la mayoría de
los países occidentales la censura no es vista con
buenos ojos. Sin embargo, se admite cada vez más que
los padres tengan el derecho y el deber de impedir que
sus hijos visiten ciertos sitios. Así, nuestro
consorcio desarrolló sistemas como el PICS (una
plataforma para la selección de contenidos en
internet), que permite a los adultos controlar el acceso
de los niños a diversos sitios.
Los múltiples instrumentos de filtrado disponibles en
el mercado son mucho más eficaces que la censura del
Estado. La ley de un país sólo puede censurar los
sitios que están dentro de su territorio, mientras los
filtros se aplican a sitios de cualquier procedencia.
Fundamentalmente, incumbe a los ciudadanos elegir los
mecanismos sociales y el tipo de regulación que desean.
A los internautas les inquieta cada vez más que se
vulnere su vida privada. ¿Cómo resolver este problema?
El respeto de la confidencialidad implica que cada
cual controle la utilización que pueda hacerse de sus
datos personales. Los usuarios de la Red se preocupan
porque piensan que una vez hayan encargado ciertos artículos
a determinadas empresas, éstas dispondrán de información
suficiente para perjudicarles o aprovecharse de ellos.
El riesgo va, por ejemplo, desde la molestia que supone
el convertirse en blanco de un envío abusivo de
publicidad hasta la negativa por parte de las compañías
a extenderte un seguro de vida. Es un asunto grave.
Los internautas deberían saber cómo utiliza cada sitio
esos datos personales. Después de todo, su inquietud es
un obstáculo para el crecimiento del comercio electrónico,
y creo que los sitios deberían tener en cuenta el
derecho de los consumidores a proteger su vida privada.
Por ello nuestro consorcio elaboró el P3P (Plan de
opciones en materia de confidencialidad). Cuando un
internauta va a un sitio, este instrumento le permite
comparar las prácticas de esa página con sus propias
opciones. Si los usos del sitio no le convienen, no
sigue adelante.
Un sitio responsable debería consignar sus reglas en
materia de confidencialidad al pie de su página de
acogida. En su defecto, convendría que una ley colmara
ese vacío brindando el mejor nivel de protección
posible a cada cual. Esos problemas se han resuelto en
parte en Europa: las empresas deben guardar reserva
sobre los datos de sus clientes, y no tienen derecho de
intercambiarlos con los de otras bases de datos, cosa
que en cambio es legal en Estados Unidos. Numerosos
norteamericanos empiezan, por lo demás, a advertir la
necesidad de que exista una mayor regulación y una
mejor protección del individuo y de la sociedad.
Recientemente se ha observado una multiplicación de las
patentes en el sector de Internet. ¿Cuáles son las
consecuencias para la Red?
Esas patentes ponen en peligro la universalidad de
la Red y entrañan un grave riesgo para las buenas
ideas. Durante los cinco primeros años de vida de
Internet, existía un consenso en el sentido de que una
norma universal servía el bien común. Hoy, la Red
abarca numerosos negocios. Ahora es posible hacerse rico
inscribiendo patentes para controlar un trozo de ella.
En ciertos casos, es incluso posible ganar dinero con
una simple amenaza de iniciar una acción judicial. Para
los que están empeñados en crear una Red universal, es
un verdadero jarro de agua fría.
Los profesionales de la Red se reúnen a menudo para
debatir posibles mejoras, tanto para los sistemas de
videoconferencias como para el acceso de los países en
desarrollo. Esos proyectos, que beneficiarían a un
vasto público, suelen dejarse de lado por temor, o por
simples rumores, de que ciertas empresas interpongan
demandas reivindicando la patente de una determinada
tecnología. En Estados Unidos –contrariamente a lo
que ocurre en muchos otros países– es posible
patentar un fragmento de programa.
Algunas patentes concedidas recientemente han sido
puestas en el Indice por la comunidad de los
internautas. En efecto, restringen el empleo de tecnologías
que podrían acentuar la universalidad del Net. Espero
que pronto sólo se registren las patentes que
representen una auténtica innovación o ideas
francamente extraordinarias. Aún no he visto ninguna en
este sector.
El usuario no dispone de ningún medio para determinar
la fiabilidad de la información en línea. ¿Puede
cambiar esta situación?
Algunas tecnologías, que no utilizamos
suficientemente, son capaces de dar indicios sobre la
fiabilidad de un sitio o de un interlocutor. Pronto
aparecerán instrumentos más perfeccionados. Con los
exploradores de la nueva generación y la firma electrónica,
dentro de poco estaremos en condiciones de verificar que
un documento o un sitio es emitido efectivamente por la
persona que creemos. Para el correo electrónico, los
nuevos protocolos de comunicación, más seguros,
permiten saber con certeza que nadie se ha introducido
en él ni ha alterado el mensaje durante su transmisión.
Queda por saber si una determinada fuente descubierta en
la Red es o no digna de confianza. Es imposible. De
momento nada permite comprobarlo. ¿Cómo creer a
alguien que no se conoce? Es preciso que la gente sepa
en quién puede confiar en la Red.
Veamos el ejemplo de un libro. Si uno lo lee porque
personas de confianza se lo han recomendado, también se
consulta un sitio a partir de consejos. La confianza se
va instaurando de un individuo a otro. Hay que crear una
“Red de la confianza”.
Al principio, algunas personas miraban la Red como un
espacio anónimo, al margen de la realidad, y en el que
no podía hacerse efectiva ninguna responsabilidad
individual. Pero no es así. Cualquiera que envíe un
mensaje ilegal existe en carne y hueso en alguna parte y
está sometido a las leyes del lugar. Si alguien
falsifica una transacción, el que sea electrónica no
modifica para nada su responsabilidad ante la ley.
Ultimamente se ha observado un recrudecimento de los
ataques de piratas informáticos. ¿Cómo reforzar las
defensas de los sistemas informáticos?
Aunque Internet sea un sistema descentralizado, el
principal peligro que lo amenaza es la falta de
diversidad de los instrumentos de acceso a él. Si se
analizan los recientes ataque de virus, se observará
que se trata de las mismas computadoras que emplean los
mismos programas, producidos por la misma firma, los que
suelen ser presa de los piratas. Es cierto que el hecho
de que muchas personas utilicen el mismo programa tiene
grandes ventajas. Pero se requieren productos
alternativos si uno desea ser capaz de resistir mejor a
los virus.
Ha habido propuestas en el sentido de que los
internautas de los países ricos paguen un tributo para
poder conectar al resto del mundo…
Los países desarrollados tienen una gran deuda
hacia los demás. Y los problemas de acceso a Internet
se suman a esta deuda. Pero aplicar un impuesto a todos
los internautas no es forzosamente una buena idea. Mejor
sería actuar de manera selectiva. Se podría gravar a
los grandes usuarios de Internet –como los que lo
explotan ampliamente con fines comerciales.
Por otro lado, existe el riesgo de que un impuesto
disuada a ciertos países de invertir en el desarrollo
de Internet. El único país donde podría estudiarse
seriamente la introducción de un impuesto es Estados
Unidos. Otros países desarrollados, que tratan de
ponerse al nivel de éste, tal vez sean reacios a
aceptarlo.
En algunos países del Sur todavía es difícil
conectarse a Internet por falta de líneas telefónicas.
¿Hay alguna solución?
En muchos países en desarrollo los servicios de
telecomunicaciones son burocráticos y no aceptan
competidores, cosa que facilitaría el acceso a
Internet. Una de las soluciones sería utilizar la técnica
de otro modo: habría que empezar por difundir las
tecnologías inalámbricas para las comunicaciones básicas
en las zonas rurales. Una vez instaladas las redes, esos
emisores-receptores podrían converger con Internet
eludiendo los ministerios responsables en la materia. En
este sistema descentralizado no sería necesario dar una
dirección de Internet ni un nombre de dominio. Existe
ya una investigación en este ámbito y no cabe duda de
que esas tecnologías pronto serán comercializadas y
contribuirán a la utilización de Internet en el Sur.
Sin embargo su expansión en ciertos países puede topar
con los monopolios que detentan las empresas de
telecomunicaciones, o con la voluntad de los gobiernos
de controlar las comunicaciones. En ese caso, las
Naciones Unidas debieran intervenir sensibilizando a sus
Estados miembros respecto a las posibilidades que
ofrecen dichas tecnologías.
También habría que financiar la traducción de la
información que circula por Internet a diversos
idiomas. Es importante que la Red respalde las culturas
locales y no sirva únicamente para divulgar la cultura
norteamericana. Hemos visto las dificultades con que se
ha enfrentado el despegue de internet en Europa ya que
los habitantes de ese continente no constituyen un
enorme público monolingüe y monocultural. Será muy
difícil franquear esta barrera en los países que
practican una o varias lenguas poco habladas.
¿Puede hablarnos de la “Red semántica” en la que
usted trabaja actualmente?
Tengo un sueño en dos partes para la Red. Primero
veo que se convierte en un medio muy poderoso de
comunicación entre los hombres. Luego, en la segunda
parte, las computadoras cooperan. Las máquinas pasan a
ser capaces de analizar todos los datos que circulan en
la red: contenidos, enlaces y transacciones entre
personas y computadoras.
La Red semántica irá a buscar la información a
diversas bases de datos, tanto en catálogos en línea
como en los sitios meteorológicos o bursátiles, y
permitirá que toda esa información sea tratada por las
computadoras. Hoy no es posible porque los datos en línea
no son compatibles ni tienen el formato necesario para
ser analizados directamente por las máquinas. Las páginas
de la Red sólo están pensadas para la lectura humana.
La Red semántica responderá también a las
aspiraciones de quienes desean contar con un programa de
búsqueda que dé sólidos resultados. Los actuales
entregan miles de páginas en respuesta a una sola
pregunta. Ahora bien, es imposible estudiar el contenido
de todas esas páginas. Con la Red semántica, el robot
buscador te dirá: “He ahí un objeto que responde al
criterio deseado, cosa que puedo garantizar matemáticamente.”
En resumen, los robots de investigación se tornarán más
fiables y más eficaces. Cuando mi sueño sea una
realidad, la Red será un universo en el que la fantasía
del ser humano y la lógica de la máquina podrán
coexistir para formar una combinación ideal y poderosa.
Fuente:
Ethirajan Anbarasan
|
Volver |
 |
|
|