LAS VEGAS.- John
Chambers se ha visto con casi todos los que, todavía,
pintan algo en el mundo. A ellos, los primeros
ministros de Asia, Europa y las Américas, les ha
dicho lo mismo: o me siguen o están muertos. En
Europa lo cogió al vuelo Tony Blair. Con José María
Aznar aún no se ha encontrado, pero para Juan
Villalonga sólo tiene elogios. Entre otras cosas,
porque Telefónica ha sobrepasado a British Telecom en
la Bolsa, la nueva diosa del siglo XXI.
«Europa me
sorprende. Yo pensé que a la revolución de Internet
que empezó en Estados Unidos le seguiría Europa y
después Asia, pero fue al revés. Con la excepción
de Tony Blair, que lo entendió enseguida», afirma en
su primera entrevista a un periódico europeo el
hombre que quiere expandir por el planeta su visión
de un nuevo orden mundial conectado por Internet y,
por supuesto, con Cisco Systems como principal
proveedor. «Cuando estaba hablando con Blair parecía
casi que estaba hablando con el presidente Bill
Clinton: la misma terminología, el mismo
entendimiento sobre la correlación que existe entre
la economía y el futuro del país, qué quiere decir
la competitividad de las empresas, cómo usar la
tecnología, y la preservación y la creación de
empleo, que es lo que permite a los políticos ser
reelegidos».
«Es impresionante
ver cómo con los líderes políticos está ocurriendo
lo mismo que con los empresariales, muchos de los
cuales no entendieron hasta el año pasado que se
trata de una cuestión de mera supervivencia para
ellos. Primero se observó una ola por todo el mundo
de líderes empresariales que estaban captando el
mensaje, y ahora se observa esa misma ola, pero entre
los líderes políticos», añade quien, minuto a
minuto, se aproxima a Microsoft. Mientras hablamos,
Cisco Systems aumenta su valor en casi un 12%. El
nuevo subidón en la Bolsa lo sitúa ya a 474.000
millones de dólares, a tan sólo 16.000 millones de dólares
de distancia de la empresa de Bill Gates.
Es vértigo lo que
una siente al hablar con este hombre, y no debido a la
gigante réplica de la torre Eiffel que se cuela por
el ventanal de la suite. El motivo de tan súbita
aprensión es percibir que este ser sonriente y
angelical se refiere a las personas que rigen nuestros
destinos como pobres escolares incapaces de aprenderse
la lección. Del rey de Jordania no se acuerda ni del
nombre. Sólo, eso sí, que Abdulá lo captó.
«En Asia todos lo
entendieron excepto el primer ministro japonés [se
refiere a Ryutaro Hashimoto, a quien vio dos meses y
medio antes de perder las elecciones, en verano del
98]. A veces, las empresas de mayor éxito, en los países
de mayor éxito, son las más lentas. Hasta que no se
dan cuenta de que se trata de una cuestión de
supervivencia, los países no se mueven», señala sin
apartar un solo instante sus ojos azules de muñeco,
que apenas parpadean. «Por eso, algunos, como los asiáticos,
cuyas economías estaban en mal estado entendieron
pronto la necesidad, u otros, como algunos países de
Europa del Este, que llegaron tarde a la Revolución
Industrial y que esta vez no quieren llegar tarde, lo
entendieron mejor. Pero, sobre todo, lo cogieron los líderes
asiáticos, a excepción de Japón, sea Kim [Dae Jung,
primer ministro] de Corea del Sur o Lee Teng-Hui
[presidente] de Taiwan o Jiang Zemin de China o Goh
[Chok Tong], de Singapur o Mahathir de Malasia o
[John] Howard de Australia. Todos lo entendieron». En
esto saca un cuadro con el que intentó convencer al
obstinado Hashimoto, que se empeñaba en salir de la
recesión como se hacía antiguamente, construyendo fábricas
y carreteras: «Le hice ver que la inversión tecnológica
en Japón era sólo del 20%, mientras que en Estados
Unidos era del 57%». Efectivamente, en los gráficos
que compartió con Hashimoto se observa cómo el
crecimiento de Estados Unidos, en términos de
productividad, fue de un punto y medio entre el 80 y
el 90 y de ¡cinco! en el último cuarto debido a la
gigantesca inversión tecnológica. A Chambers se le
ilumina la cara: «Estamos construyendo la
infraestructura de la Segunda Revolución Industrial,
que es la Revolución de Internet, ésta que no conoce
fronteras, que es global».
-¿Por qué no lo
entendió Hashimoto?
-Porque es muy difícil
cambiar cuando te va medianamente bien. Jiang Zemin,
sin embargo, tardó un cuarto de hora. En Japón pasa
como antes en Alemania. Eran países acostumbrados a
hacer las cosas por consenso, con un liderazgo político
fuerte. En períodos de evolución rápida como ahora,
el consenso no sirve.
«Lo más excitante
de lo que está pasando a nuestro alrededor es que en
la vida va a haber dos igualadores: Internet y la
educación», señala él, quien reconoce que cuando
llegó a Cisco, hace diez años, no sabía de qué iba
la cosa: simplemente lo aprendió. «Antes, para
participar en la Revolución Industrial, tenías que
estar en el país adecuado y en la geografía adecuada
dentro de ese país, ahora no es así. Los trabajos irán
allí donde esté la gente con una educación mejor y
con unas mejores infraestructuras. Puede que tardemos
aproximadamente una década en manejar todo esto, pero
ocurrirá».
-De momento, en mi país,
sólo el 10% de la población utiliza Internet.
-Déjeme decirle, en
primer lugar, que lo que nosotros hacemos es único:
proveemos productos a la mayoría de las grandes
empresas de todo el mundo, con lo cual sabemos qué es
lo que está pasando en todo el planeta. Además,
escuchamos lo que nos dicen nuestros clientes. Por eso
sabemos que, a diferencia de la Revolución
Industrial, cuando era suficiente construir la
infraestructura, ahora lo importante no es sólo hacer
las autopistas, sino educar a la gente para que sepa cómo
avanzar por ellas. Le aseguro que a finales de esta década,
ese 10% de españoles hoy se habrá convertido en más
del 90%. Eso quiere decir que para entonces, cualquier
persona de un país occidental como España podrá
acceder al colegio, al centro comunitario o la casa
por Internet.
-Hay españoles,
europeos en general, que cuestionan esa afirmación
diciendo que entre Estados Unidos y Europa hay enormes
diferencias culturales.
-Se equivocan. Por
dos razones. Primero, se trata de sobrevivir. Aquellas
empresas, perdón, aquellos países que no se enteren
de qué va la cosa se van a quedar atrás de forma muy
rápida. No hay nada mejor para introducir un cambio
que la necesidad de supervivencia. Eso que usted me
dice lo he oído muchas veces, tanto de empresas como
de países. Afortunadamente, en cualquier país, si se
educa a los líderes políticos, éstos toman buenas
decisiones. Lo mismo ocurre con los líderes
empresariales. Por eso, gran parte de lo que hago es
evangelizar este mundo de Internet. Los líderes políticos
de España son listos, y cuando entiendan lo que está
pasando, cambiarán su comportamiento. La clave está
en cómo hacerlo. Y en este punto, el papel de los
medios de comunicación es muy importante. En Estados
Unidos, es socialmente inaceptable que el presidente
no sea capaz de articular su estrategia tecnológica.
Hace dos años, a nadie le importaba. Ahora, todo el
mundo sabe la correlación existente entre la forma en
que un país utiliza su tecnología y la fuerza de la
economía.
Y a todo ésto, ¿quién
es este John Chambers? En Estados Unidos es más
importante que el inquilino de la Casa Blanca. En
Davos recibió más solicitudes de entrevistas y
encuentros que el propio Clinton. Algunos datos para
los lectores europeos; cuando nació su empresa, en
1984, tenía dos empleados -una pareja de novios de la
Universidad de Stanford empeñada en comunicarse por
correo electrónico-. Ahora tiene 26.000. En los últimos
cinco años, sus acciones han subido un 2.300%.
Se quita importancia
este multibillonario que brinda con Coca-Cola Light y
tapea con butterfingers (tronquitos de chocolate). «Tengo
la suerte de estar en la industria adecuada». ¿Y qué
parte se debe a él, el niño disléxico de West
Virginia que nunca destacó en sus estudios? «Una
aproximación fanática al éxito de los consumidores
que me lleva a atender personalmente, 365 días al año,
a los que no están contentos; haber tenido que
despedir a 5.000 personas en un trabajo anterior y
haber decidido que eso no me ocurriría nunca más;
tener una fuerza de trabajo diversa, hecha de gente de
todos los países, de todas las edades, sexos y razas;
haber sido pionero en entender la importancia de la
tecnología, y tener visión estratégica: no se trata
de trabajar más horas o de hacerlo mejor, sino de
hacerlo diferente».
Y a todo esto, ¿qué
construye llámeme-John-porfavor? Conmutadores y
routers, los semáforos y las autopistas de Internet,
cuyo mercado le pertenece en un 80%: «Piense en una
gran autopista que recorre el mundo, cada vez que
llegue a un cruce, nosotros hacemos el producto que
permite a ese cruce funcionar. Nosotros permitimos que
el tráfico circule».
Antes del encuentro
en la delirante capital del juego, la visita a la sede
en San José (California) es espectacuar. El campus
tiene 30 edificios, todos idénticos, siete cafeterías,
dos gimnasios y un relajante diseño Feng Shui (donde
no hay comienzo ni fin). Que aquí se gana dinero, y
mucho, no hay duda: en los aparcamientos hay más
coches lujosos que los que puedan pertenecer a esos
2.500 empleados que ya se han hecho millonarios
gracias a las stock options. También hay bonos
instantáneos de 2.000 dólares (unas 350.000 pesetas)
y un cómodo servicio de lavandería. En construcción
está una guardería.
Tantas amabilidades
se deben a la gran demanda de trabajadores
cualificados que hay en Silicon Valley. Cada cuatro
meses, Cisco necesita contratar a 3.000 personas más.
Así, no es extraño que gente como Steve Langdon, un
brillante graduado en Periodismo por la Universidad de
Columbia, haya abandonado a sus 33 años una
prometedora carrera en Washington como portavoz del
portavoz del Comité Demócrata Nacional para venir a
un sitio donde a un europeo le resulta difícil vivir.
Chambers dice que nunca pide a un empleado algo que él
no pueda hacer. Su despacho, desde luego, es pequeñísimo,
igual que el del resto de los ejecutivos. En teoría
viaja en clase turista, como todos en Cisco, pero aquí
hay truco: se ha comprado, de su propio bolsillo, un
avión de 22 millones de dólares.
-¿Cuándo concluye
esta Revolución?
-En dos o tres décadas.
No será como la Industrial, que duró varios cientos
de años. En los próximos diez años se sabrá quiénes
son los ganadores y quiénes los perdedores. Va a ser
muy rápido. Los líderes empresariales y políticos
de Estados Unidos lo han entendido. O participas, o te
quedas atrás.
Para entender a
Chambers, que habla a la velocidad del rayo y con un
fuerte acento sureño, es imprescindible dominar el
inglés y estar bien concentrada. ¿Cómo soporta él
esta constante presión? «Me gusta el estrés.
Siempre y cuando sienta que controlo la situación.
Además, este ritmo va a hacerse global: los que no lo
mantengan, verán su nivel de vida caer en picado.
Internet cambiará todos los aspectos de nuestra vida:
cómo vivimos, trabajamos, jugamos y aprendemos.
Nuestros hijos, probablemente, nos enseñarán. Los jóvenes
empujarán al establishment y yo creo que eso es sano».
-Hay gente que ve en
usted una amenaza para las naciones-Estado.
-El cambio hace que
todo el mundo se sienta incómodo. A mí también me
pasa. El cambio es estupendo cuando le pasa a usted,
no a mí, cuando le ocurre al otro. Pero, nos guste o
no, estamos en un período de cambio muy rápido. Aquí
no estamos hablando de diferentes culturas, estamos
hablando de una cuestión que va a determinar la salud
económica de los países y de los individuos.
Permitirá además que la gente con la educación
adecuada participe de una forma en la que antes nunca
pudo hacerlo. ¿Qué líder político querría impedir
a sus ciudadanos participar? Sería bastante egoísta.
Tampoco hay razones para pensar que América va a ser
la ganadora. Con Internet, el mundo está abierto, y
el dinero va allí donde estén las mejores ideas. El
capital va donde está la gente mejor educada, con un
Gobierno que la apoye, y con la infraestructura
adecuada. Ese lugar no tiene por qué ser América.
Los políticos que no permitan a sus ciudadanos
participar les causarán un mal indescriptible. Porque
todavía no se ha decidido quiénes serán los líderes.
El concurso está abierto.