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A pesar de
ello, eran pocos los que hablaban de los
productos de Iomega con nombres llamativos
como Zip, Jaz y Ditto, ni de los esfuerzos
de la compañía por convertir sus unidades
de discos en estándares de la industria
capaces de sustituir los disquetes de las PC
debido a su alta capacidad para el
almacenamiento de datos. En su lugar, el
tema favorito de conversación fue la
encarnizada guerra de mensajes electrónicos
acerca de la empresa que salían en una
pizarra electrónica de inversiones que había
alcanzado una enorme popularidad. Esta
guerra cibernética resultó una de las
principales fuerzas motrices que causaron
los altibajos vertiginosos de la bolsa, por
lo que llamaron la atención de un sinnúmero
de inversionistas, analistas, comentaristas
y funcionarios del gobierno preocupados por
la influencia de este tipo de foro público
en el que cualquier persona podía emitir
una opinión y contemplar sus consecuencias
sobre Wall Street.
Casi tres años
después, esta batalla cibernética sigue
siendo lo primero que viene a la mente de
muchos inversionistas al escuchar el nombre
de Iomega. No obstante, han pasado muchas
cosas desde entonces: la empresa llevó a
cabo una estrategia exitosa para pasar de
ser una conservadora firma especializada a
convertirse en uno de los gigantes de la
industria. Después la compañía descubriría
que el plan tampoco garantizaba el éxito a
largo plazo.
Iomega fue
fundada en 1980 por una docena de
investigadores de IBM que querían
desarrollar una tecnología que combinara
los aspectos más ventajosos de los discos
duros y las unidades de disco de las PC.
Salió a bolsa en 1983, pero 10 años después
sólo era conocida entre los militares y
científicos que tenían que intercambiar
gran cantidad de información entre varias
computadoras. La empresa ocupaba el tercer
lugar en la fabricación de unidades de
disco de cinta magnética para respaldar
datos, mientras las ventas de sus nuevas
unidades se encontraban estancadas. El
problema se reflejó en el estado de
cuentas: en 1993 Iomega registró una pérdida
de US$14,5 millones y ventas por sólo
US$147,1 millones.
El primero
de enero de 1994, Kim Edwards tomó las
riendas como el nuevo presidente ejecutivo
de Iomega. Según la visión de Edwards, ex
director general de una firma dedicada a la
venta de baterías recargables, si bien
Iomega tenía buena tecnología, su
departamento de investigación y desarrollo
estaba estancado, le faltaba contacto con
los clientes y no tenía idea de cómo
comercializar sus productos. Decidió
cambiar la situación y reinventar la compañía.
Bajo la
dirección de Edwards, Iomega comenzó un
programa urgente de investigación de
mercados que condujo a la creación de su
disco Zip, un dispositivo de almacenamiento
de datos cuyos cartuchos pueden llevar cerca
de 70 veces más datos que un disquete común.
Iomega trató de vender las unidades a los
fabricantes de PC, pero estas empresas no
estaban convencidas de que un artilugio así
les interesaría a sus clientes. Fue así cómo
Iomega decidió venderlas directamente al
consumidor.
El Zip tuvo
un enorme éxito: las ventas de la empresa
se dispararon a más de US$1.700 millones en
1997, en comparación con los US$141,4
millones que había facturado en 1993. Un
torrente de publicidad en los periódicos,
la radio y la televisión hizo famoso el
nombre de la empresa y convirtió su
aletargado negocio en un campo de batalla.
Cuando las fabricantes de PC se dieron
cuenta de su importancia, la compañía hizo
acuerdos con gigantes como Packard Bell
Electronics, IBM, NEC y Acer para ofrecer
sus unidades de disco en algunas
computadoras.
Las
unidades de almacenamiento fabricadas por
Iomega fueron diseñadas originalmente para
respaldar datos cruciales, pero hoy se usan
cada vez más para grandes archivos de gráficas
o de Internet; por eso ahora forman parte de
muchas computadoras personales. Este éxito,
sin embargo, no ha asegurado el futuro
financiero de Iomega, que tiene que luchar
contra una serie de problemas.
Iomega no
obtiene la mayor parte de su dinero de las
unidades mismas, sino de los discos
reemplazables: parece una versión moderna,
adatada al mundo de la alta tecnología, de
la vieja relación entre las hojas de
afeitar y las maquinillas que las utilizan.
No obstante, el crecimiento del mercado de
almacenamiento de datos se está
desacelerando mientras los usuarios de PC
tienden a ser consumidores menos
sofisticados en lugar de los aficionados que
compraron gran parte de los discos
reemplazables en 1996.
Mientras
tanto, otras compañías han tratado de
invadir el territorio de Iomega. En junio de
1998, Iomega puso fin a un largo conflicto
legal con la francesa Nomai SA, que había
ofrecido discos compatibles con la unidad
Zip a un precio menor del que cobraba
Iomega. Además, la empresa tiene ahora que
combatir otros rivales como Syquest
Technology, además de los desarrolladores
de una alternativa tecnologíca a la unidad
Zip: la LS-120. Iomega ha luchado además
con problemas de control de calidad y hasta
demandas legales por parte de algunos
consumidores.
El daño se
sintió incluso en Wall Street: los
inversionistas que compraron títulos de
Iomega a mediados de 1996 sufrieron el
desplome de su inversión en más del 75%
para comienzos de 1998.
Para ese
entonces, estaba claro que los problemas que
se habían amontonado estaban afectando a la
empresa. En enero de 1998, Iomega no logró
alcanzar el nivel de ganancias que había
pronosticado, a la vez que anunció un
incremento en sus inventarios y un aumento
masivo de su presupuesto publicitario. En
marzo de 1998 advirtió que sufriría una pérdida
de hasta US$25 millones y que sus ingresos
no tendrían un crecimiento significativo
comparado con el mismo período del año
anterior.
Una semana
después de esa advertencia, Edwards, el
arquitecto de gran parte del éxito de la
compañía, renunció inesperadamente; fue
el primero de una serie de altos ejecutivos
que desde entonces han salido de la compañía.
En octubre, Iomega contrató a James Glore,
un ejecutivo de Rockwell International, para
dirigir la empresa y afirmó que sus
operaciones estaban acercándose a la
rentabilidad. Tras luchar por dejar atrás
la reputación de ser sinónimo de riesgo en
lo que concierne al corretaje en el mundo
cibernético, Iomega se enfrenta ahora a los
peligros del mundo real y la necesidad de
mejorar su imagen en Wall Street.
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